El 17 de noviembre de 2023, la junta directiva de OpenAI destituyó a Sam Altman en un comunicado de un párrafo que hablaba de falta de "franqueza consistente". Cinco días después, Altman había vuelto, Microsoft tenía un asiento de observador en el consejo y la organización sin ánimo de lucro que debía frenar los excesos de la IA había perdido, en la práctica, su capacidad de frenar nada.
Un fin de semana que reescribió el poder en OpenAI
La destitución de Altman fue orquestada por una junta que entonces incluía a Ilya Sutskever, cofundador y científico jefe, junto a Helen Toner y Tasha McCauley, ambas vinculadas al efectivo altruismo. La estructura original de OpenAI, creada en 2015 como organización sin ánimo de lucro y reconvertida en 2019 en una entidad con "beneficios limitados" para atraer capital, daba a esa junta poder legal para actuar precisamente en un escenario como ese: frenar al CEO si consideraba que ponía en riesgo la misión de desarrollar IA seguro para toda la humanidad.
Lo que siguió desmintió esa teoría. Cerca del 95% de los cerca de 770 empleados de OpenAI firmaron una carta amenazando con dimitir en bloque y unirse a Altman en Microsoft si la junta no daba marcha atrás. Satya Nadella ofreció contratar a Altman y a todo el equipo que quisiera seguirle, una jugada que convertía la disputa de gobierno corporativo en un problema existencial para la propia junta: sin empleados, OpenAI no era nada. Altman regresó como CEO el 22 de noviembre, Sutskever y Toner salieron del consejo, y la organización sin ánimo de lucro que en teoría controlaba todo quedó vaciada de autoridad real.
La reestructuración de 2025: adiós al techo de beneficios
En 2025 OpenAI completó la transición hacia una estructura de "beneficio público" (public benefit corporation), eliminando el histórico techo de retorno para inversores que limitaba las ganancias a 100 veces el capital invertido. La fundación sin ánimo de lucro original mantiene una participación minoritaria y cierta supervisión nominal, pero el control operativo y la mayoría del capital quedaron en manos de la nueva entidad con fines de lucro, valorada en cifras que en 2026 rondan los 300.000 millones de dólares tras rondas sucesivas con SoftBank, Thrive Capital y otros inversores.
La transición no fue pacífica: Elon Musk, cofundador de OpenAI que abandonó la compañía en 2018, demandó a la organización alegando que había traicionado su misión fundacional sin ánimo de lucro para convertirse en un negocio convencional al servicio de Microsoft. La demanda de Musk, que compite directamente con OpenAI a través de xAI y su modelo Grok, sigue en los tribunales de California en 2026, aunque varios de sus argumentos legales han sido parcialmente desestimados.
Microsoft, el gran beneficiario silencioso
Pocas compañías han ganado tanto de la crisis de OpenAI como Microsoft. La inversión acumulada de Satya Nadella en la compañía, que ronda los 13.000 millones de dólares desde 2019, le otorga acceso preferente a la tecnología de OpenAI para integrarla en Azure, Copilot y el resto de su suite ofimática, además de una participación relevante en los beneficios futuros de la nueva estructura con fines de lucro.
Lo más relevante es lo que Microsoft no necesitó hacer: no tuvo que comprar OpenAI, no tuvo que gestionar directamente la controversia regulatoria sobre seguridad de la IA, y consiguió que el mercado percibiera a Altman como un fundador independiente pese a la dependencia estructural de la infraestructura de Azure para entrenar cada nuevo modelo. Esa relación, sin embargo, se ha ido tensando: OpenAI ha firmado acuerdos de cómputo con Oracle y CoreWeave para reducir su dependencia exclusiva de Azure, y Microsoft ha reconocido públicamente que desarrolla capacidades de IA propias que podrían competir con los modelos de OpenAI a medio plazo.
Ilya Sutskever y el cisma de Safe Superintelligence
Ilya Sutskever, la mente técnica detrás de buena parte de los avances de OpenAI hasta 2023, fundó en 2024 Safe Superintelligence Inc. (SSI), una startup que declara explícitamente no tener productos comerciales a corto plazo, solo el objetivo de construir IA superinteligente de forma segura. SSI recaudó rápidamente más de 1.000 millones de dólares y alcanzó una valoración superior a los 30.000 millones en 2025, una prueba de que buena parte del mercado sigue dispuesto a apostar por la narrativa de seguridad que la crisis de 2023 puso en duda dentro de la propia OpenAI.
La existencia de SSI, junto a Anthropic -fundada en 2021 por exempleados de OpenAI críticos con la dirección de la compañía tras desacuerdos similares sobre seguridad-, funciona como un recordatorio permanente de que la crisis de gobierno corporativo de OpenAI no fue un incidente aislado, sino síntoma de una tensión estructural entre velocidad comercial y cautela técnica que ninguna de las partes ha resuelto del todo.
Qué queda de la misión original en 2026
La misión fundacional de OpenAI -garantizar que la inteligencia artificial general beneficie a toda la humanidad- sigue apareciendo en sus comunicados, pero la arquitectura legal que debía hacerla cumplible ha sido desmantelada pieza a pieza desde 2019. La junta que intentó frenar a Altman en 2023 tenía razón en el diagnóstico de fondo -que la organización sin ánimo de lucro había perdido control real sobre la dirección de la compañía- pero careció del poder práctico para actuar sobre ese diagnóstico frente a un CEO respaldado por sus empleados y por el inversor más poderoso del mundo tecnológico.
En 2026, con GPT-5 ya desplegado y compitiendo cara a cara con Claude Opus de Anthropic y Gemini de Google, la pregunta que sigue abierta es si una estructura corporativa diseñada para maximizar velocidad de despliegue y captación de capital puede seguir sosteniendo, aunque solo sea de forma nominal, el relato de seguridad que dio origen a la compañía en 2015.